miércoles, 12 de junio de 2013

vida oculta

Vida oculta



Tres de la madrugada de un sábado lluvioso. La joven y esbelta muchacha camina con pasos ligeros sobre la vereda de baldosas flojas de una ciudad casi silenciosa. Mira con sus verdes ojos paranoicos a los rostros desconocidos que pasan por su lado  e intenta  esconder el suyo mirando el piso  cada vez que un auto la encandila con sus luces blancas. Sus largas piernas le permiten pasos largos que sin embargo parecen no acortar el camino. Se agita un poco y desacelera la marcha al pasar por el frente de un edificio, varias personas salen riéndose, mujeres mayores que ella, corren hacia un auto y emprenden la marcha. Dobla en una esquina y pasa por debajo de unos andamios; sin darse cuenta se adentra en esa suerte de túnel y la oscuridad no la atemoriza, mas bien le da seguridad, levanta la cabeza, respira un aire fresco , brisa de lluvia que le proporciona un poco de fresco a sus pulmones contaminados de tabaco y marihuana. Voltea al salir del túnel. Su espeso y prolijo flequillo se desacomoda, se peina, se acaricia el largo cabello y continua la marcha sin pensar demasiado en nada, sin detenerse en un mismo pensamiento aunque en realidad, intenta salir de una especie de intuición que la incomoda. Cruza la calle con cuidado, nadie a la vista, solo unos perros desorientados y flacos; continúa caminando por la vereda y, muy tarde cae en la cuenta de que había tomado el camino equivocado. En la entrada de un bar unos patovicas la escrutan mientras ella pasa cabizbaja y apurada, unos adolescentes, apenas uno o dos años menor que ella salen del bar haciendo ruido, cantando y diciendo estupideces. Se asegura la mochila que le cuelga en la espalda y la obliga a encorvarse, voltea otra vez, los adolescentes ya no estaban, parecía estar sola en la ciudad brillante  de humedad y de luces. Recuerda la mentira dicha en la casa de la cuñada de la madre; en buena hora cayó ese pintor para proponerle que posara para él. Aprovechar las oportunidades, de eso se habló durante la tediosa cena en el enorme y lujoso chalet de tres plantas en donde se acostumbra a hablar en tonos de voces demasiado bajos. El eco de los murmullos aun resonaban en sus oídos, en un momento en la elegante  mesa solo se hablaba de ella, del triunfo de su belleza y de la suerte de que este señor le pagara tanto solo para posar durante unas pocas horas una vez por semana. Cuando la pintura estuviese terminada se le ocurriría alguna otra cosa para justificar sus ingresos si es que por alguna razón debiera hacerlo. Cuando las rejas de la casa se cerraron detrás de ella se liberó por fin de aquello que la oprimía. Ese mundo del cual no se sentía parte, lujos que no le interesaban y risas falsas que no necesitaba. Por algún motivo que escapaba a su entendimiento sus urgencias eran otras, sus inquietudes la llevaban por caminos adversos, atraída hacia los subsuelos de los que se habla y se conoce pero no se reconoce participación  si la hubiere, se oculta. Le prometió a la madre volver antes de las ocho de la mañana y esta rió porque nunca cumplía sus promesas, es que es joven, acotó la madre de su padrastro, y los jóvenes bailan hasta el amanecer.

Cinco cuadras más y habría llegado. Pero otra vez confundió el camino y dobló por la esquina oscura en donde  tres días antes habían matado a un taxista. Acatando el concejo de su tío materno no tomaba taxis, era preferible caminar porque los taxistas no son fiar y ella creía lo mismo a raíz de un incidente con uno que quería cobrarle en especias el viaje. A la mitad de la cuadra comenzó a oír la música del local de fachada oscura que quedaba en la esquina. Reconoció la canción justo cuando un hombre dejaba la copa en la barra y saludando con galante ademán de ebrio feliz abandonaba el lugar. Una mujer a medio vestir con transparente gasa beige lo acompaña hasta la puerta y le da un beso demasiado jugoso para el gusto del robusto hombre pero agradecido por el cariño espontáneo le acaricia el trasero desnudo. La mujer le retira la mano, le da un dulce empujoncito y le dice hasta la próxima, el hombre tropieza con un desnivel pero alcanza a girar y abrir la puerta sin caerse. En ese segundo la muchacha  apuró un poco más sus pasos, agachó la cabeza como protegiéndose de esa mala intuición que la  venía persiguiendo; si se le hubiese desatado los cordones de la zapatilla tal vez se hubiera agachado a atárselas y de este modo no se abría encontrado cara a cara con lo que más temía. Ahí, parado frente a ella después de haberse chocado con él, estaba su tío. Ni siquiera le pregunta nada, la abraza, la besa en la frente y vuelca en una frase culposa el peso de la angustia por haber sido descubierto. Me encontraste en el último lugar en donde  hubiese querido que me encontraras. La rodeó con sus brazos de plomo, agradeciendo en el fondo que fuese ella y no su hija, que tenía la misma edad, apenas unos meses más joven. Ella no dijo nada, solo le miraba la ancha espalda mientras cruzaba la calle avergonzado. El corazón le latía fuertemente, se negó, por supuesto, a ser llevaba en la camioneta, que recién ahora veía ahí estacionada, la única camioneta en toda la cuadra, si la hubiese visto tal vez tomaba otro camino. Lo saludó con la mano y retomó su marcha acercándose a la pared  para ocultarse de las luces de la calle.

Cinco minutos después, con la cara y las manos heladas, todavía pasmada por la maldita causalidad, llega a destino. Tocó el timbre en la casa de paredes blancas y puerta de hierro. La recepcionista salió a su encuentro en el recibidor y le dijo que subiera a la habitación B a cambiarse; mientras subía los quince escalones, su corazón fue sosegándose, sus fosas nasales inhalaban el aroma a lavanda de los acolchados de raso, la penumbra de la sala de arriba la iba abrazando en un íntimo cobijo de secretos. Sacó su ropa de la mochila y frente al enorme espejo fue quitándose las húmedas prendas que llevaba puesta. En la habitación A, un señor entrado en años encendía un cigarrillo acostado  y desnudo, el humo del tabaco se coló por debajo de la puerta y llegó hasta la habitación en donde la joven se embutía en un ceñido vestido color rojo. Tarareando la conocida canción que sonaba en las habitaciones se colocó los zapatos, se peinó la larga y oscura cabellera y caminó los siete pasos que el hombre escucharía antes de que se presentara ante él la joven compañía que delicadamente se inclinó sobre su torso desnudo, en un ademán sensual le robó  el cigarrillo y fumó la última bocanada que le quedaba mientras él le despejaba el hombro de la lacia cabellera, para bajarle el bretel del vestido.

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